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MISCELÁNEA PRIMAVERAL. UN DÍA CUALQUIERA EN BARCELONA

EL NACIONAL

Salgo a pasear por el barrio y tengo que esquivar a ciclistas y peatones que caminan mirando el móvil. Los primeros circulan por todas partes: por el carril bici, por los carriles normales, por las aceras, por los pasos de peatones…

Entre los segundos la variedad es altísima: todos estamos enganchados al móvil. Veo a una persona con pantalones cortos, camiseta, chanclas y una “montera” de torero, que en una mano lleva una “Xibeca” y la otra la tiene ocupada por el móvil que mira atentamente mientras camina en zigzag. “¿Será un turista?“, pienso yo, a riesgo de resultar -ahora cuando hago público mi pensamiento- políticamente incorrecto.

Lo cierto es que la cantidad de gente que -sola o acompañada- deambula mirando el celular es ingente. Veo a un niño muy mudado, estilo primera comunión clásico, un fraile con hábito de capuchino y una señora mayor muy elegante, todos ellos pendientes del móvil y ensimismados. Un turista -¡este sí! –se acerca a la puerta de un Starbucks para coger wifi y poder consultar Google Maps.

Hace tiempo que me pregunto si las ventajas de Internet superan a las desventajas. Provisionalmente, tiendo a pensar que Internet no nos ayuda a ser mejores personas. Más bien lo contrario. Me volveré a referir a ello al final.

Cerca de casa hay un supermercado que forma parte de una cadena conocida y que se jacta de poder atender a sus clientes en catalán. Cuando vas, el personal que te encuentras solo es capaz de atenderte en inglés o, con suerte, en un castellano difícil de comprender. Hay que decir que suele haber muchos clientes angloparlantes, que esta lengua es habitual en este establecimiento, como lo es en mi barrio.

Hace tiempo que no sigo la polémica de los horarios comerciales, pero estos tipos de supermercados de esta cadena, al igual que determinadas tiendas, están abiertos 7 días a la semana y hasta muy avanzada la noche. Esto, que no sé si es legal, a menudo supone una ventaja. Lo que tal vez ya no es tan ventajoso -y en este caso claramente ilegal- es la venta de alcohol que he podido presenciar a todas horas y a gente de todas las edades. Mientras hago cola para pagar, un chico que habla inglés con acento italiano le cuenta a una chica que contesta también en inglés, pero con acento alemán, que Barcelona, ​​que define como ciudad cosmopolita, es fantástica… Por el material que llevan y algún detalle más, diría que les espera una noche de “botellón”…

Supongo que sí que Barcelona a estas alturas debe de ser una ciudad cosmopolita…

Mientras escribo, paro un momento y me entretengo mirando los titulares de algunos periódicos amontonados en un rincón. Se puede leer: “Los sintecho crecen un 9% en un año en Barcelona”. De pronto me parece recordar que una de las prioridades de la Alcaldesa Colau era mejorar este problema. Pero claro, ¿cuáles son las verdaderas prioridades de la Alcaldesa? ¿O de cualquier político de la “vieja” o la “nueva” política? Más allá de la envoltura y de la estética, me parece que no se diferencian demasiado.

Con motivo del 25 aniversario de los JJOO de 1992, leo en otro periódico del montón, mientras sigo removiendo: “En los últimos 16 años las pernoctaciones (entiendo que en Barcelona) han pasado de 3 millones a casi 8 millones anuales, y la expulsión de vecinos por el precio de los pisos es una evidencia”. Parece que el número de habitaciones en pisos turísticos -parece ser que la mayoría ilegales-, ya supera la dotación hotelera que, por otro lado, por lo que veo caminando por la ciudad, no para de crecer. El mismo artículo habla también de la contaminación como tercer gran problema añadido al de un turismo sin planificación y al de la vivienda.

Barcelona es una pequeña -en tamaño- gran ciudad, sí. Precisamente por ello, por lo que significa hoy en día “una gran ciudad”, una ciudad cosmopolita como decían los jóvenes, pienso que no debería extrañar tanto que muchos opinemos que parece haber motivos para buscar lugares más tranquilos y saludables para vivir… Lo pienso, sí. ¿Por qué no?

No hace demasiados días coincidí con una ex compañera de trabajo y precisamente hablábamos de ello. Yo le decía que la Barcelona actual a menudo me estimula a ir pensando en lugares para vivir más tranquilos y -utilicé la palabra- solitarios. No recuerdo cómo, la conversación -a partir de la palabra “solitario”- la llevó a ella a hacerme darme cuenta de la importancia de compartir, como posibilidad única de amar y ser amado… Pienso de nuevo en los adictos al móvil, los sintecho, los jóvenes del “botellón”: ¿cómo les debe funcionar esto de compartir, amar y ser amados en la “cosmopolita” Barcelona…?

Debajo de casa hay una parada de taxis. Pero es prácticamente imposible coger uno. Los taxistas que la frecuentan muy pocas veces están disponibles. Y eso que a menudo la luz verde y el cartel de “libre” son bien visibles. El del bar de enfrente, viendo que empiezo a desesperar, me cuenta que solo están pendientes de los turistas de un hotel que hay al otro lado de la calle, para llevarlos al aeropuerto.

El problema es que los taxis que circulan por la calle, si intentas que se detengan no lo hacen, ya que el hecho de que haya una parada con vehículos “libres”, se lo impide. Algunos -creo que pocos- se saltan la norma y la mayoría la cumplen o sencillamente tienen miedo a las represalias de los compañeros de la parada.

Hace pocos días un amigo se quejaba de que lo que dice -y publica en libros y prensa- otro amigo común, de que el turismo no deja nada -o casi nada- en la ciudad y en el país, se debe contrarrestar ya que se trata de la principal industria que tenemos. Como aval de la afirmación, cita un estudio realizado por una prestigiosa escuela de negocios de la ciudad.

Yo le cuento que nunca he estudiado a fondo el fenómeno del turismo, desde ninguna perspectiva. Pero que como ciudadano percibo cada día más dificultades derivadas de vivir en una ciudad turística, que a mi modo de ver, se está olvidando de las necesidades de los que vivimos habitualmente en ella.

No me parece que haya ninguna planificación turística, ni del futuro de la ciudad teniendo en cuenta el turismo, seria y rigurosa. Quizá no falta tanto para que se ponga en riesgo la convivencia entre autóctonos y visitantes. En las ciudades “modernas”, cada día hay más gente con los nervios a flor de piel… Todo ello en un mundo en el que los nuevos movimientos populistas se articulan alrededor de protegerse (de lo que) y de atacar lo que es diferente.

Precisamente la conversación a la que me refería con el amigo defensor del turismo como fuente de riqueza, se produjo porque lo fui a buscar para ir a una cena coloquio con una muy buena periodista de internacional y buena conocedora de la UE: Carme Colomina. Hace poco ella misma escribía un artículo titulado “Europa en la era del resentimiento”. Hace días que doy vueltas al contenido de este artículo. Ni hace falta decir que desde el resentimiento es difícil compartir y por tanto, querer y ser querido.

El diccionario dice que el resentimiento nace de una ofensa, una burla, un engaño… Evidentemente varía según la naturaleza del resentido. Su ego, su ambición, su afán de poder, su miedo, la dificultad para afrontar la incertidumbre, la envidia, la mayor o menor capacidad de odiar…

En Europa particularmente, en los últimos años, con la crisis, mucha gente ha sufrido mucho y el terreno ha ido abonándose por el nacimiento espontáneo de grupos populistas y/o el cultivo y el fomento del resentimiento. El Frente Nacional en Francia ahora, Syriza en Grecia y Podemos en España antes, el Movimiento 5 Estrellas en Italia aún antes, movimientos populistas varios con posibilidad de éxito en Holanda, Austria y otros lugares, o con menos posibilidades de éxito en Alemania, UK o algún país escandinavo, los que tenemos por Barcelona y Cataluña… Todos estos movimientos responden a la tensión creciente entre los diferentes “nosotros” y los diferentes “ellos” de las sociedades modernas. “Nosotros” los honestos contra “ellos” los corruptos. “Nosotros” los tolerantes y sensibles a los derechos humanos más básicos contra “ellos” que cierran las fronteras a los refugiados e ignoran el drama humano que representan. “Nosotros” los que queremos acabar con el terrorismo islámico contra “ellos” que son demasiado blandos para hacerle frente. “Nosotros” los legítimamente indignados contra la perversidad de “ellos”, los de “la casta”… ¿”Nosotros” los de Barcelona, ​​contra “ellos” los turistas quizás…?

Al fin y al cabo “nosotros”, como “ellos”, tenemos un ego que no nos cabe en el cuerpo, la misma o más ambición de poder y la misma incapacidad de ser alternativa a un sistema político caducado. En resumen, ninguno de los “nosotros” ni ninguno de los “ellos” existentes, tienen proyecto político de verdad. Ni los populistas ni los de “la casta”, son ni serán la solución. La solución todavía no la conocemos. Hasta que no afloje un poco la fiebre del odio y el resentimiento, no podrá asomarse y puede tardar. Quizás surgirá de las generaciones jóvenes que ignoran todo este circo, sumergidas como están en sus propios y característicos problemas, a los que no prestamos demasiada atención -ni acabamos de ser conscientes del todo- los que pertenecemos a las generaciones que dominan la política y la economía.

Esta semana he vivido una situación, tan menor como se quiera, pero que me ha permitido vivir muy de cerca la imagen decrépita que ofrecen los políticos actuales. Fue en Madrid, pero podía haber sido en Barcelona o en cualquier lugar. Ha pasado en la sexta edición de un Congreso internacional en el que estoy involucrado desde la primera edición. Siempre hemos tenido representantes políticos en la inauguración, la clausura y en alguna mesa destinada a buscar su reacción a los debates técnicos del Congreso. Constato con preocupación dos hechos: por un lado, la mala educación y falta de respeto creciente de los políticos y sus equipos y por otro, la dramática disminución de nivel y capacidad de los mismos. Nunca antes, en ninguna de las cuatro ediciones anteriores -la quinta, hace dos años comenzó a mostrar estos dos síntomas- habíamos tenido que soportar tanta mala educación y falta de capacidad. Un Director General de un Departamento de Salud de una Comunidad Autónoma, demostró no entender preguntas elementales de -teóricamente- su sector, contestando de forma ininteligible, con una verborrea caótica y mal articulada. Sencillamente exhibía sin pudor su desconocimiento absoluto del tema sobre el que hablaba.

De los cinco personajes que componían la mesa, dos se pasaron el rato enganchados al móvil -arriba del estrado y con todo el público delante- mientras hablaban los compañeros, haciendo evidente la falta de respeto hacia todos los presentes. Hubiera podido parecer una escena de una película cómica si no fuera porque era patético. De todos ellos solo citaré un nombre por el nivel humano y la sabiduría que demostró: la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena.

En fin, entretanto la guerra entre estos “nosotros” y “ellos” no parece tener freno. Es una especie de todos contra todos con políticos claramente discapacitados y constantes actuaciones policiales y judiciales, a veces con la sensación de que todo vale. Con miles de imputados que pasan años antes de ser juzgados, lo que proporciona un caldo de cultivo extraordinario para el tremendismo y el ensañamiento. Abastece de munición a todos los diferentes bandos mencionados y favorece un periodismo decadente de “pim, pam, pum” y un uso de las redes sociales que hace aflorar a la superficie lo peor y más bajo de la condición humana. Un linchamiento despiadado en toda regla. Un medio, el de los destripadores cargados de odio, que manipula las redes para destrozar a quien no piensa como ellos, quien en lugar de “creer mis mentiras”, opta por creer “las mentiras de los demás”. Un infierno que ha sido cantera de políticos e incluso líderes de formaciones de la “nueva política”. Promover eficazmente el odio tiene premio, si es que hoy acaparar el protagonismo político es un mérito…

Dentro de unos años, cuando el péndulo vuelva al centro y podamos hacer balance de la proporción de condenados por la Justicia en relación a los imputados, tal vez nos sorprenderá la cantidad por poco o muy poco significativa. Entretanto mucha gente habrá pasado un calvario derivado de una combinación de elementos maléfica: los tiempos interminables de los procesos judiciales y el periodismo dominante (¿periodismo?) y el mencionado uso de las redes sociales como arma de destrucción de personas y familias.

La sociedad de la postverdad y el cinismo generalizado, de la falta de grandes ideales y utopías, me parece peligrosa para vivir. Y aunque esta plaga llega a todos los rincones del mundo, parece como si lejos de las grandes ciudades, de mi ciudad repleta de turistas, este cáncer que podríamos llamar de muchas maneras -llamémosle por ejemplo “vida moderna”- no impacte tanto. Soy consciente de que hablo de medidas paliativas, no de curar a un “mundo desarrollado” gravísimamente enfermo, en el que, como ahora no recuerdo quién, dijo: “La verdad es una pero las mentiras se multiplican”. La opinión publicada es el resultado de una manipulación de dimensiones gigantescas que se replica de forma viral a través del World Wide Web.

Una forma de compartir, sí, pero alejada del “compartir, amar y ser amado” y cercana al “compartir, odiar y ser odiado”.

Os dejo. Voy a buscar el coche. Tendré que esquivar multitudes de turistas, tan víctima del big data como tú, amigo lector, y yo mismo. Sería peor vivir sin luz, agua caliente y calefacción. Seguramente. Pero me gustaría poder someter a alguno de los humanos que vivieron en estas condiciones o peores -la caverna si quieren, la de verdad-, a experimentar la “vida moderna y el progreso del siglo XXI”. Me gustaría mucho saber qué acabaría eligiendo…

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Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. Present dice:

    Doncs sí Josep Mª, aquest turisme ja ens va bé però a estones ens agobïa una mica… t’ho dic jo que treballo molt apropet del Parc Güell i que visc a tocar del mirador més “trendy” de la ciutat. Entenc la preocupació de l’actual consistori i no saps com m’agrada que la gent comenci a sortir al carrer a reivindicar que els barris´són per la gent que hi viu i no pels especuladors…

    Sobre el comentari que fas del Director General del Dpt. de Salut d’una comunitat autònoma que no entenia les preguntes i ni sabia ensortir-se et diré que a casa nostre també passa, tenim metges, infermeres, càrrecs intermitjos que no saben com està estructurada la sanitat a la nostra comunitat, ni saben distingir entre CATSALUT, ICS, SISCAT, etc….

    Bé ara que es capvespre i comença a fer fresqueta m’hi posso a veure si en venen les “muses” i articulo algún post pel meu blog.

    Bona setmana i salut !!!!
    Present

    • josepmariavia dice:

      Gràcies pel comentari Present. Em sembla urgent, una veritable emergència, que es procedeixi a el. laborar un Pla Turístic rigorós, seriós que ordeni la situació actual.
      Pel que fa al Director General que ens ocupa, el que pretenc indicar -potser no he estat prou clar- no és un desconeixement de l’organigrama. Parlo d’un desconeixement de la matèria, de la sanitat, del que és un hospital, esfereïdora. Era incapaç de dir res coherent sobre com pot afectar la cronicitat i l’envelliment al desenvolupament hospitalari del futur. La sensació era la d’algú que no ha vist mai un hospital ni com a pacient!!! Provocava vergonya aliena.
      Sort amb el teu post!

  2. Josep Maria,
    Vaig viure la setmana passada un episodi semblant al que comentes: un alt representant de l’Administració, catalana en aquest cas, pendent exclusivament del seu mòbil, ignorant les intervencions dels seus companys de taula. La imatge em va semblar grotesca.
    Quant al mal ús de les xarxes socials és, actualment, una de les principals causes de conflictes, de vegades molt greus, entre adolescents. El fenomen s’agreuja amb la recent aparició de webs o aplicacions que permeten amenaçar, insultar o calumniar amb la impunitat que ofereix l’anonimat o, fins i tot, la suplantació d’identitat.

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